martes, 18 de noviembre de 2014

Momento alucinante

Escribió: Ernesto Josías Rutto Ortega

Sábado en la mañana, sol radiante, día de playa, mar totalmente  azul y cristalino como un diamante. Mañana perfecta para estar con ella.

Pelo ondulado a la perfección, rostro inocente de niña que como rosas no necesita decoraciones para verse bella, ojos oscuros que si se observan con determinación se logra ver su increíble color café,  cuerpo delgado  de figura esbelta.


Recostado en sus piernas, viendo su inocente rostro y su pelo coposo, de fondo el sol radiante que la hace ver de forma angelical. Pedirle un beso en la mejilla y sentir sus delicados labios, al pedirle otro y con movimiento sucio y sutil para que se unan los suyos con los míos. Convirtiéndose este un momento alucinante. 
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Palabras sentidas: homenaje al profesor Federico Barrios



Escrito por Alejandro Rutto Martínez 

Hace unos días nos tomó por sorpresa la repentina partida del profesor Faderico Barrios Del Río, un educador que, como los de su generación, dedicó sus mañanas, sus tardes y sus noches durante más de cuarenta años a formar y forjar las nuevas generaciones de maicaeros y maicaeras en varias instituciones, pero sobre todo en La Inmaculada y en la Escuela San Martín.

Federico Barrios combinó su espíritu amable, su apostolado en la educación y su amor al deporte para ganarse la simpatía de miles de estudiantes y padres de familia y de decenas de compañeros de profesión quienes lo apreciaban como miembro de sus respectivas familias.

Nació en Cartagena, la ciudad de los casi quinientos años de historia y allí vivió su infancia, entre el cariño de sus mayores, el apego a los estudios y la ilusión de cultivar en el presente lo que disfrutaría en el futuro. Por una feliz coincidencia fue alumno del profesor Sixto Amador, quien le enseñaría como hacerse amigo de los números, de las operaciones básicas y lo ayudó a transitar por primera vez por el enmarañado camino de las matemáticas, ciencia con la que luego se familiarizaría para hacerla su amiga e invitarla a hacer parte de su proyecto de vida.

Quiso Dios que unos años más tarde maestro y alumno se encontraran de nuevo en La Guajira y juntos vivieran de nuevo la aventura feliz del conocimiento y los acogería como sus ciudadanos adoptivos para que hicieran lo que mejor sabían hacer y esto era servirle a los demás mediante la eficaz utilización del viejo tablero verde, la inmaculada tiza blanca y la extensión creciente de sus múltiples conocimientos.

Federico Barrios, en un cálido día de la aurora de su existencia tomó una de sus decisiones trascendentales y fue la de cambiar el suelo cartageneras, humedecido por las vibrantes olas del Mar Caribe y cercado por murallas cuatro veces centenarias, para trasladarse a Maicao. Con esta escogencia se matriculó para siempre en el apostolado fecundo de la educación y se dedicó a propagar entre los habitantes de la frontera el evangelio ilimitado del conocimiento y los saberes.

De esta manera cambió la tranquilidad de la tierra propia por la incertidumbre de un pequeño pueblo adoptivo en el que se dedicaría a pegar los ladrillos del edificio de nuestra identidad. El profesor Federico cambió las murallas indestructibles por el barro invulnerable de los caminos guajiros; cambió los tambores lejanos y lastimeros que se escuchaban dese el legendario palenque, por el sonido armonioso y alegre de los acordeones guajiros; cambió las canchas bien cuidadas de su ciudad natal por los potreros de piedra y polvo en donde él y sus jugadores coleccionarían trofeos en los torneos municipales; cambiaría a los amigos de sus años iniciales por amigos, como Sol Martínez, de toda la vida, quienes a la larga serían para él una nueva familia.

En lo que sí no cambió nunca fue en el apego a los suyos y en la responsabilidad con sus hermanos y sus sobrinos, quienes siempre tuvieron en él a alguien que se esforzaría por brindarle lo mejor de su existencia con el fin de conducirlos al puerto seguro de la felicidad.

Con el profesor Federico Barrios aprendimos que la vida es como un viaje en barco en el que nos enfrentamos a los caprichosos movimientos del mar y a fuertes tormentas pero gracias a los amigos seguimos adelante. La gran personalidad de Federico Barrios, su condición de deportista, apasionado, de entrenador aplicado a la victoria y de educador de varias generaciones lo convirtió en  un gran experto en el arte de ganar amigos. 






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viernes, 14 de noviembre de 2014

Electricaribe, la campeona de las protestas


Por: Hernán Baquero Bracho 

Electricaribe la peor empresa que presta los servicios públicos de energía en La Guajira y en toda la Región Caribe, se ha convertido en la campeona de las protestas de las comunidades guajiras y de la costa en general en diferentes puntos de su geografía. Cuando no es en Riohacha, es en Manaure, Dibulla, Uribia, Maicao, Barrancas, Distracción, San Juan del Cesar, La Jagua del Pilar y pare de contar por no contar con el fluido eléctrico por horas y por días en los corregimientos de los municipios señalados, pero municipios como Villanueva, El Molino, Urumita, Hatonuevo, tampoco se escapan a estos malos servicios que presta esta empresa española que como un jinete del apocalipsis vino como un anticipo del Armagedón de la humanidad en esta parte del planeta a generar el caos y la confusión entre todos sus habitantes.

En el espacio del noticiero de la verdad, de la emisora comunitaria Viva Fm de Villanueva, el excelente periodista y amigo de también mi casa periodística Aliskair de La Hoz Rodríguez, expresaba que si hubiera un record Guiness de protestas en el país, La Guajira se llevaría ese horroroso lugar por las protestas diarias de sus habitantes a través de las vías de hecho, por diferentes motivos, donde Electricaribe se lleva el primer lugar por todas estas protestas por la pésima calidad del servicio que presta, lo que la ha convertido en una empresa con el peor ranking en la mala calidad de vida que le entrega a La Guajira a través del fluido eléctrico y es verdad lo que expresaba Aliskair de La Hoz, el viernes 14 de noviembre del año en curso, en estos momentos nuestro departamento ocupa el primer lugar no con la mejor calidad de vida, no con la mejor calidad educativa, no como el departamento menos pobre, no como el departamento más transparente en todas las actuaciones públicas, no como el menos violento, no con las mejores vías, sino el primero en protestas de toda índole, lo que demuestra que ya los guajiros nos estamos cansando de tantos atropellos y tantos desafueros.

¿Qué hacer con Electricaribe? Ni los debates en el Congreso de la República, donde ellos brillaron por su ausencia, dándoles una cachetada sobre todo a la clase dirigente costeña y ante la indolencia de la otra clase dirigente del país que no los apoyaron en esta cruzada, la empresa española toma aires de grandeza y de burla hacia esta región del país, ni los columnistas que escribimos del tema les interesa un bledo, los análisis y los balances que hacemos a diario sobre los malos servicios que presta, sobre todo donde el calor infernal genera mala calidad de vida sino dispone de un buen servicio eléctrico la empresa Electricaribe y con las protestas que se dan a diario colocan paños de agua tibia, que al día siguiente se vuelven otra vez problemas recurrentes por la misma situación pero parece que ellos gozan de una manera maquiavélica con todas estas actuaciones desde los dirigentes más encopetados al simple ciudadano del común.

Parece ser que el gran problema del Gobierno Nacional es que no disponen de los recursos necesarios para terminar el Contrato de Condiciones Uniformes que se firmó con la empresa Electricaribe – Unión Fenosa: “El CCU es el acuerdo por el cual la empresa se compromete a prestar el servicio público domiciliario de energía según las condiciones pactadas. El contrato de servicios públicos debe ser uniforme, es decir, ofrecer las mismas condiciones (derechos y deberes) para la prestación del servicio a todos los habitantes de una región. Se denomina consensual porque se da por establecido el contrato sin que sus partes lo firmen, cuando el usuario solicita recibir o está recibiendo el servicio en el lugar donde habita o donde establece su negocio, siempre y cuando el inmueble cumpla con las condiciones técnicas previstas por la empresa. Las partes en el contrato, son la empresa de servicios públicos y el cliente, ambos son responsables de las obligaciones y deberes establecidos en el contrato e igualmente son beneficiarios de los derechos contenidos en el mismo. De acuerdo con la ley 142, los suscriptores y usuarios se comprometen en un Contrato de Condiciones Uniformes con la empresa prestadora del servicio, es decir, que ésta tiene que dar el mismo tratamiento a todos los usuarios por igual y como tal estos usuarios adquieren derechos pero también deberes que cumplir”.

El incumplimiento en el pago de una o más facturas y el uso no autorizado del servicio, acometidas, medidores o líneas por parte del usuario dan lugar a la suspensión o corte del servicio de energía, para restablecer el servicio, el cliente debe cancelar las sumas pendientes de pago, los gastos de conexión y las irregularidades. Lo anterior parece que quedó solamente en el papel, porque la superintendencia de servicios públicos es otra que ha acolitado los malos servicios de energía que presta Electricaribe.  

jueves, 13 de febrero de 2014

Jesús: el héroe de sus amigos


Por: Alejandro Rutto Martínez

Tomado de articulo.org

Jesús les dijo: -“Les aseguro que el que cree en mí también hará las obras que yo hago; y hará otras todavía más grande.”

Juan 14:12

Jesús tiene una apacible reunión con sus discípulos en una noche cualquiera en que la brisa fresca rosa el curtido rostro de aquellos galileos que han dedicado los últimos años a esparcir las buenas nuevas en toda la región.  Una vez terminada la cena Jesús se ciñe una toalla y pone agua en un lebrillo.  Un poco después está lavando los pies de sus discípulos. Que alguien lavara los pies a otra persona no era extraño pues se trataba de una costumbre de la época. Una costumbre al parecer en decadencia, pero con firmes raíces en la historia de un pueblo del desierto en el cual era normal que la fina arena se adhiriera a las sandalias y a las extremidades inferiores de los viajeros.  Lavar los pies era una muestra de humildad, de buena educación y de consideración por parte de los buenos anfitriones.

Jesús decide lavar los pies a sus discípulos en un gesto que tiene varias connotaciones:

Jesús se despoja de su investidura de líder y de maestro mediante la cual pudo haber ordenado a cualquiera de sus discípulos que se encargara de lavar los pies de todos sus compañeros y también a él mismo. Sin embargo, prefirió llevar a cabo él mismo aquel acto significativo en que no solo mojó los pies de sus hombres, sino que además se encargó de obtener él mismo el agua y de conseguir la toalla. Es decir, toda la liturgia y cada uno de las escenas de ese bello acto lo tuvo a él mismo como protagonista.
Jesús quiere conservar una tradición de alto contenido simbólico pues no se trata únicamente de dejar limpios los pies sino de ejemplificar la purificación interior de las personas para que éstas no solo tengan unos pies libres el sucio sino un alma libre de la contaminación del pecado.

Jesús no hace acepción de ninguna persona y por igual lava los pies de todos sus discípulos aunque sabe que  uno de ellos no pasará la prueba de fidelidad a su maestro y en su corazón y su mente ronda la idea de traicionarlo. Pero aún judas recibe de Jesús un trato bondadoso, igualitario y generoso.
Jesús reprende a Pedro, quien en un acto de humildad mezclado con su habitual rebeldía manifiesta que no permitirá que sus pies sean lavados.  No se opone a ser lavado pero le parece que no es merecedor de que alguien de tan alta jerarquía espiritual se incline ante él, se humille y le lave sus pies.  El Hijo del Hombre convence a Pedro con un argumento demoledor: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”  Ante estas razones Pedro se apresura a pedir que le sean lavados los pies y de paso las manos y la cabeza.  Ahora el gesto de sumisión es del discípulo en relación a su maestro.

Jesús sabe que no todos los que están en ese lugar son limpios y lo dice con claridad: “y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. ¿Quién le ha dado esa información? Jesús no se engaña y sabe que entre ellos hay alguien cuyo endurecido corazón no ha reverdecido con sus enseñanzas y su buen ejemplo. Los hechos demostrarían que uno de sus discípulos había naufragado ante el poder corruptor de las tentaciones, el dinero y la deslealtad.

Jesús ordena a sus discípulos (a los de aquel tiempo y a los de todos los tiempos) que se laven los pies los unos a los otros, es decir, los invita a ser solidarios, brindarse amistad y darse afecto.  La orden es en sí una invitación a considerar al otro como una parte vital de sí mismo y formar entre todos una familia unida en la fe y en las obras.

Jesús desea que sigamos su ejemplo y hagamos como él ha hecho. E el capítulo 13 versículo 15 del libro de Juan lo dice en unas sencilla pero muy profundas palabras: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”.
Jesús el Maestro nos invita a la unión y a la comunión. Desde nuestro maravilloso estado de hombres libres, quienes hemos ganado nuestra libertad por un noble sacrificio suyo y por nuestra decisión de dedicarnos al servicio de nuestros semejantes.

Alejandro Rutto Martínez es un destacado escritor italo-colombiano que ha dedicado una buena parte de su vida a la enseñanzasobre temas de ética y liderazgo en congresos, seminarios y universidades. Es administrador de empresas egresado de la Universidad de La Guajira y especialista en Administración de programas de Desarrollo Social en la Universidad de Cartagena. Especialista en Orientación Educativa y Desarrollo Humano en la Universidad El Bosque y Especialista en Docencia Universitaria en la Universidad Santo Tomás. Actualmente cursa la maestría en Ciencias de la educación en un convenio entre la Universidad de Matanzas (Cuba) y la Universidad de La Guajira (Colombia). Es autor de seis libros y de numerosos artículos que se pueden leer en www.articulo.org y en su página www.maicaoaldia.blogspot.com. Puedes contactarlo a través del correo electrónico: alejandroruto@gmail.com o seguirlo en twitter: @Alejandrorutto
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jueves, 23 de enero de 2014

El extraño caso del hotel

Tomado de articulo.org

Autor: Alejandro Rutto Martínez

A las siete en punto de la noche, cuando introdujo la llave en la cerradura de la puerta, Ovidio presintió que algo raro iba a sucederle. Contuvo la respiración y giró su mano hacia la izquierda como le había enseñado el camarero del Hotel Granadino cuatro días antes cuando recién llegaba a la ciudad. Empujó suavemente la puerta, dio un paso hacia delante y observó preocupado y estupefacto el espectáculo que se mostraba ante sus ojos: el cuarto estaba... estaba casi vacío. La cama de un solo cuerpo, la nevera-bar, el televisor, la cómoda y la silla habían desaparecido junto con su equipaje, los libros y los periódicos.

En la pared más próxima al baño habían fijado un cuadro en el cual se apreciaba a un hombre de luengas barbas crucificado con la cabeza hacia abajo, lleno de sangre y con un horrible gesto que delataba los espantosos dolores sufridos durante su martirio. Miró hacia todas partes pero no pudo encontrar ningún rastro de los muebles ni de sus objetos personales.

Quiso entrar, para revisar el cuarto de baño con la esperanza de encontrar, al menos, la máquina de afeitar que le regalara su hijo Plinio y su cepillo de dientes, pero lo invadió de repente una sensación de temor y decidió salir lo más rápido que pudo hacia un lugar más seguro. Cuando se disponía a marcharse echó un último vistazo al cuadro. Sus medidas eran de dos metros de alto por uno veinte de ancho.

 El pintor había utilizado colores fuertes pero, sobre todo, el rojo y el anaranjado. El hombre de la imagen estaba envuelto en una sábana y fijado a dos gruesos maderos en forma de cruz por tres clavos exageradamente grandes. La sangre le corría de los pies hacia la cabeza y había salpicado los listones, el manto, la barba y el cabello de la víctima.

Algo en especial le llamó la atención y entonces su angustia fue mayor; cerró la puerta de prisa e hizo un esfuerzo para convencerse de que no era verdad lo que había visto en el último momento: Las gotas de sangre no solo salpicaban el rostro exangüe del crucificado; no solo manchaban su vestidura blanca, no solo se colaba por su barba y su cabello, sino que... salpicaba el piso de la habitación. ¿El piso de la habitación?

No. No era cierto porque la sangre, el cuadro, el hombre muerto y todo lo demás era ficción; producto de la creatividad de algún artista y él, Ovidio Manuel González Iglesia, a sus 58 años, ya estaba muy crecido para andar creyendo en vainas. Caminó presurosamente hacia la escalera por la cual bajaría a la recepción para averiguar por los muebles y por sus pertenencias.

Cuando había recorrido un metro sintió cierto gemido a sus espaldas. ¿Un gemido? No. Tal vez fue un animal. En el tercer piso se alojaba un matrimonio y al niño de éstos le había visto un perrito pekinés en horas de la mañana. Sí, eso era; no había de que preocuparse. Continuó su camino, pero volvió a escuchar un quejido lastimero proveniente de la garganta, ¡no! Del alma de alguien que sufre. Ahora si estaba seguro. No era el ladrido de un pekinés ni el quejido de otro animal. Era el grito apagado de un ser humano al borde de la muerte. Una expresión lastimera, humana y absolutamente sincera de alguien que sufre.

 ¿Qué haría ahora? ¿Continuaría su camino y olvidaría aquel sonido de otro humano quejándose por el dolor? ¿Se quedaría allí esperando un nuevo rastro de la misteriosa voz moribunda? No debió esperar mucho para escuchar de nuevo aquel grito desesperado. La voz lastimera esta en alguna parte, cerca del sitio que él ocupaba ahora en el pasillo. Para ser más exacto, el llamado angustioso provenía ¡Bendito sea Dios! Provenía de la habitación 301 su propia habitación...

 ¿Y qué iba a hacer ahora en ese pasillo largo, solitario y libre de todo rastro humano proveniente de la habitación que él mismo ocupara y cuya llave tenía aún consigo? ¿Huirá despavorido sin saber exactamente de que huía? ¿O se devolvería para enfrentarse de una vez por todas con el misterio y también con el peligro?

 Vio su reloj. Habían transcurrido solo tres minutos desde cuando abandonó el cuarto. Tres largos minutos en los que la tierra había continuado su perenne recorrido alrededor del amo de los astros, pero él seguía ahí petrificado, como le sucedía en las noches lejanas de la infancia cuando sus hermanos mayores y el novio de su hermana se dedicaban a contar cuentos horrorosos e interminables de muertos que regresaban de la tumba; de voces que salían de ninguna parte; de gritos que se sentían en donde no había nadie; de pasos presurosos cuyos dueños nunca fueron vistos; de gritos de vaqueros conduciendo una bulliciosa manada de vacas sin que nadie pudiera ver nunca los animales ni a quienes los guiaban; de ruidos extraños en habitaciones desocupadas; de sombras extrañas....

 En fin... se sintió acobardado como en aquellas noches en las cuales, después de escuchar a los adultos y sus historias macabras durante dos o tres horas, lo único que lo tranquilizaba era meterse en medio de papá y mamá a pesar de las protestas y los regaños de sus viejos. Tan viejos en aquel entonces como lo era él en este día y a esta hora en que el horror se alojaba en cada una de sus células, sin saber si correr en dirección opuesta al peligro o enfrentarlo de una vez por todas sin importa cual fuera el precio de tal acción a la cual algunos llamaban intrepidez pero él había llamado siempre falta de prudencia.

 Sin saber cuándo ni porqué tomó de pronto una decisión. Sacando valor de alguna parte, se devolvió, llegó de nuevo ante la puerta, la abrió sin dubitaciones ni arrepentimientos tardíos para encontrarse con el espectáculo pavoroso (horror) de la miseria humana plasmada en aquel cuadro de tonalidades diversas en que el anaranjado de la tarde conversaba sin afanes con el amarillo del desierto y juntos elaboraban una sintonía de matices inigualables para hacerle una venia al rojo intenso de la sangre derramada en la humanidad exánime de aquel hombre moribundo o muerto, quien pudo haber sido un abuelo feliz de la tierra del sol; o un patriarca sabio del Oriente recóndito; o un pastor de ovejas en la llanura inmensa de la cual hablaban sus hermanos cuando no estaban sumidos en el espeluznante juego de contar historias de finados inconformes y de almas en penas; o un apóstol de los doce que acompañaron al Mesías. El que era y ahí estaba en el lienzo de un pintor desconocido.

 La habitación estaba sola y vacía, salvo por la presencia de ese cuadro de belleza seductora y misteriosa. De ese lugar no podía proceder el gemido de un ser humano; por lo menos no el gemido de un ser de carne y hueso. Paseó la vista por las cuatro paredes de la habitación y no encontró huellas que delataran a alguien que hubiera gemido. Su mirada se detuvo de repente en algo a lo que antes no le había prestado atención; la puerta entre abierta del cuarto de baño.

¿A acaso él no la había visto cerrada cuando entró a la habitación, unos minutos antes? Si, la puerta estaba cerrada, no le cabía la menor duda. Pero ahora estaba ahí, abierta a medias, como retándolo burlonamente para que continuara su minucioso registro. ¿Quién la abriría? Se preguntaba. Esa era una noche de sucesos inexplicables; cuadros insinuantes; gemidos acongojadores; soledades infinitamente desoladas; pasillos interminables; colores descollantes, recuerdos espeluznantes....

Y ahora... como si faltara algo, una puerta abierta cuando la lógica de la ciencia y la racionalidad de lo pragmático indicaban que debería estar cerrada como él la había dejado un rato antes. ¿En verdad estaba cerrada esa puerta? Eso era lo que él creía pero no podía confiar en su memoria miedosa en un momento como aquel, en que hubiera querido correr de nuevo hacia el pasado, atravesar la antesala del recuerdo; despejarse de la valentía fingida y meterse de una vez por toda en la cama de sus padres aunque éstos lo regañaban por su cobardía precoz.

 Pero ya no podía actuar así. La infancia estaba a cincuenta años de distancia y sus viejos deberían estar reunidos a esta hora con el resto de sus mayores en algún lugar del más allá de donde solo regresaban muy de vez en cuando para aparecérsele en los sueños estremecidos de sus malas noches o en las historias recurrentes de su hermano mayor Rafael, a quien las borracheras cada vez más frecuentes, le daba por contar la vida y obra de sus padres desde que el viejo Egidio llegó en barco desde más allá del mar hasta la noche en que mama Juana cerró sus ojos mientras rezaba una oración para que su nieto Iván no volviera a convulsionar.

Oyó un nuevo ruido que lo obligó a salir bruscamente de su viaje al mundo del ayer. Una ráfaga de viento había movido las cortinas de las ventanas. Volvió a mirar hacia la puerta del baño y ésta seguía a medio cerrar. ¿Quién la había abierto? Él no lo sabía, pero... si estaba abierta era porque alguien más había estado en ese lugar. En ese caso ¿Quién?

No había ninguna respuesta. En un momento de lucidez extrema o de locura irremediable él no podía distinguir bien de qué estado mental se trataba, caminó hacia el baño, empujó la puerta hasta abrirla totalmente y se dispuso a entrar. ¿A entrar? Aún estaba a tiempo de devolverse y de abandonar de una vez por todas aquel maldito lugar. ¿Irse? ¿Y quedarse por siempre con la curiosidad de saber que había adentro? No, no quería ser perseguido por la incógnita. Así que se tragó su miedo, sacó un poco de valor quién sabe de dónde y entró al baño.

Allí, en aquel lugar... vio lo que sospechaba ¡Nada! Ese sitio estaba vacío por completo. Ni siquiera su máquina de afeitar, ni su cepillo de dientes. En un rincón, cerca de la puesta pudo divisar un pequeño frasco con pintura roja y dentro de éste un pincel cuyo mango estaba manchado del mismo color. Regresó a la habitación y de ésta al pasillo; escucho por última vez el quejido lastimero proveniente de algún lugar del edificio, pero no se devolvió.

Tenía la decisión de bajar a recepción a preguntar por sus cosas. Llegó a la escalera, descendió rápidamente y, cuando por fin estuvo frente a la recepcionista, le preguntó sin demoras: -Señorita, soy huésped de la habitación 301. Al regresar no he encontrado mi equipaje ni mis objetos personales - ¿Es usted pintor?- No señorita no soy pintor- Un momento... profesión... pintor. Es lo que aquí.- Si, pero yo no soy pintor y hasta hace unas horas ocupaba esa habitación.- ¿Y usted dice que estuvo alojado aquí hasta hace unas horas?- Si señorita. Y aún tengo en mi poder la llave de mi habitación. La 301- Espere un momento, caballero. La recepcionista hizo varias llamadas.

Ovidio esperó impaciente aquellos minutos. Según el reloj de su desesperación transcurrieron como treinta años. Según el reloj de la pared no habían pasado más de cinco minutos. - Don Ovidio, mi compañera me informa de un pequeño cambio. Sus cosas han sido trasladadas a la habitación 201. La 301 se la hemos arrendado a un artista que por cada año visita la ciudad por estos días y siempre pide el mismo cuarto. Pensamos que usted no se molestaría.

En todo caso le ofrecemos nuestras disculpas y le obsequiamos este bono para que consuma lo que desee en el bar, por cuenta de la casa.- Ovidio hizo un gesto de comprensión, entregó la llave y recibió la que le ofrecían, junto con una tarjeta color azul. Caminó sin prisa hacia su nuevo cuarto, introdujo la llave en la cerradura, empujó la puerta y se encontró ante una cama limpia y ordenada; en el rincón una mesa y sobre la mesa la caja con sus libros. Todo estaba en orden. Todo menos sus ideas.

Por eso no pudo dormir bien esa noche. A la mañana siguiente empacó la ropa, sus periódicos viejos, los libros de segunda comprados a buen precio en la librería "MARKOS" y cuatro discos de Alfredo Gutiérrez, los cuales había comprado en un remante de música de antaño. Pago la cuenta en el hotel, tomó un taxi hasta el Terminal, compró el tiquete de regreso a su pueblo, pasó por el puesto de revista en donde adquirió un ejemplar del "Diario el Atlántico" y se dirigió al puesto que más le gustaba: en la mitad del bus, ventanilla de la derecha.

 Dos minutos antes de que el vehículo iniciara su marcha abrió el periódico y leyó el titular de grandes letras rojas: "El extraño caso del Hotel" la nota era extensa y en el centro de ella figuraba una foto a todo color: un cuadro en donde un hombre crucificado, con la cabeza hacia bajo, hacia esfuerzos por aferrarse a la vida.

 AUTOR: Alejandro Rutto Martínez

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