jueves, 13 de febrero de 2014

Jesús: el héroe de sus amigos


Por: Alejandro Rutto Martínez

Tomado de articulo.org

Jesús les dijo: -“Les aseguro que el que cree en mí también hará las obras que yo hago; y hará otras todavía más grande.”

Juan 14:12

Jesús tiene una apacible reunión con sus discípulos en una noche cualquiera en que la brisa fresca rosa el curtido rostro de aquellos galileos que han dedicado los últimos años a esparcir las buenas nuevas en toda la región.  Una vez terminada la cena Jesús se ciñe una toalla y pone agua en un lebrillo.  Un poco después está lavando los pies de sus discípulos. Que alguien lavara los pies a otra persona no era extraño pues se trataba de una costumbre de la época. Una costumbre al parecer en decadencia, pero con firmes raíces en la historia de un pueblo del desierto en el cual era normal que la fina arena se adhiriera a las sandalias y a las extremidades inferiores de los viajeros.  Lavar los pies era una muestra de humildad, de buena educación y de consideración por parte de los buenos anfitriones.

Jesús decide lavar los pies a sus discípulos en un gesto que tiene varias connotaciones:

Jesús se despoja de su investidura de líder y de maestro mediante la cual pudo haber ordenado a cualquiera de sus discípulos que se encargara de lavar los pies de todos sus compañeros y también a él mismo. Sin embargo, prefirió llevar a cabo él mismo aquel acto significativo en que no solo mojó los pies de sus hombres, sino que además se encargó de obtener él mismo el agua y de conseguir la toalla. Es decir, toda la liturgia y cada uno de las escenas de ese bello acto lo tuvo a él mismo como protagonista.
Jesús quiere conservar una tradición de alto contenido simbólico pues no se trata únicamente de dejar limpios los pies sino de ejemplificar la purificación interior de las personas para que éstas no solo tengan unos pies libres el sucio sino un alma libre de la contaminación del pecado.

Jesús no hace acepción de ninguna persona y por igual lava los pies de todos sus discípulos aunque sabe que  uno de ellos no pasará la prueba de fidelidad a su maestro y en su corazón y su mente ronda la idea de traicionarlo. Pero aún judas recibe de Jesús un trato bondadoso, igualitario y generoso.
Jesús reprende a Pedro, quien en un acto de humildad mezclado con su habitual rebeldía manifiesta que no permitirá que sus pies sean lavados.  No se opone a ser lavado pero le parece que no es merecedor de que alguien de tan alta jerarquía espiritual se incline ante él, se humille y le lave sus pies.  El Hijo del Hombre convence a Pedro con un argumento demoledor: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”  Ante estas razones Pedro se apresura a pedir que le sean lavados los pies y de paso las manos y la cabeza.  Ahora el gesto de sumisión es del discípulo en relación a su maestro.

Jesús sabe que no todos los que están en ese lugar son limpios y lo dice con claridad: “y vosotros limpios estáis, aunque no todos”. ¿Quién le ha dado esa información? Jesús no se engaña y sabe que entre ellos hay alguien cuyo endurecido corazón no ha reverdecido con sus enseñanzas y su buen ejemplo. Los hechos demostrarían que uno de sus discípulos había naufragado ante el poder corruptor de las tentaciones, el dinero y la deslealtad.

Jesús ordena a sus discípulos (a los de aquel tiempo y a los de todos los tiempos) que se laven los pies los unos a los otros, es decir, los invita a ser solidarios, brindarse amistad y darse afecto.  La orden es en sí una invitación a considerar al otro como una parte vital de sí mismo y formar entre todos una familia unida en la fe y en las obras.

Jesús desea que sigamos su ejemplo y hagamos como él ha hecho. E el capítulo 13 versículo 15 del libro de Juan lo dice en unas sencilla pero muy profundas palabras: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”.
Jesús el Maestro nos invita a la unión y a la comunión. Desde nuestro maravilloso estado de hombres libres, quienes hemos ganado nuestra libertad por un noble sacrificio suyo y por nuestra decisión de dedicarnos al servicio de nuestros semejantes.

Alejandro Rutto Martínez es un destacado escritor italo-colombiano que ha dedicado una buena parte de su vida a la enseñanzasobre temas de ética y liderazgo en congresos, seminarios y universidades. Es administrador de empresas egresado de la Universidad de La Guajira y especialista en Administración de programas de Desarrollo Social en la Universidad de Cartagena. Especialista en Orientación Educativa y Desarrollo Humano en la Universidad El Bosque y Especialista en Docencia Universitaria en la Universidad Santo Tomás. Actualmente cursa la maestría en Ciencias de la educación en un convenio entre la Universidad de Matanzas (Cuba) y la Universidad de La Guajira (Colombia). Es autor de seis libros y de numerosos artículos que se pueden leer en www.articulo.org y en su página www.maicaoaldia.blogspot.com. Puedes contactarlo a través del correo electrónico: alejandroruto@gmail.com o seguirlo en twitter: @Alejandrorutto
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jueves, 23 de enero de 2014

El extraño caso del hotel

Tomado de articulo.org

Autor: Alejandro Rutto Martínez

A las siete en punto de la noche, cuando introdujo la llave en la cerradura de la puerta, Ovidio presintió que algo raro iba a sucederle. Contuvo la respiración y giró su mano hacia la izquierda como le había enseñado el camarero del Hotel Granadino cuatro días antes cuando recién llegaba a la ciudad. Empujó suavemente la puerta, dio un paso hacia delante y observó preocupado y estupefacto el espectáculo que se mostraba ante sus ojos: el cuarto estaba... estaba casi vacío. La cama de un solo cuerpo, la nevera-bar, el televisor, la cómoda y la silla habían desaparecido junto con su equipaje, los libros y los periódicos.

En la pared más próxima al baño habían fijado un cuadro en el cual se apreciaba a un hombre de luengas barbas crucificado con la cabeza hacia abajo, lleno de sangre y con un horrible gesto que delataba los espantosos dolores sufridos durante su martirio. Miró hacia todas partes pero no pudo encontrar ningún rastro de los muebles ni de sus objetos personales.

Quiso entrar, para revisar el cuarto de baño con la esperanza de encontrar, al menos, la máquina de afeitar que le regalara su hijo Plinio y su cepillo de dientes, pero lo invadió de repente una sensación de temor y decidió salir lo más rápido que pudo hacia un lugar más seguro. Cuando se disponía a marcharse echó un último vistazo al cuadro. Sus medidas eran de dos metros de alto por uno veinte de ancho.

 El pintor había utilizado colores fuertes pero, sobre todo, el rojo y el anaranjado. El hombre de la imagen estaba envuelto en una sábana y fijado a dos gruesos maderos en forma de cruz por tres clavos exageradamente grandes. La sangre le corría de los pies hacia la cabeza y había salpicado los listones, el manto, la barba y el cabello de la víctima.

Algo en especial le llamó la atención y entonces su angustia fue mayor; cerró la puerta de prisa e hizo un esfuerzo para convencerse de que no era verdad lo que había visto en el último momento: Las gotas de sangre no solo salpicaban el rostro exangüe del crucificado; no solo manchaban su vestidura blanca, no solo se colaba por su barba y su cabello, sino que... salpicaba el piso de la habitación. ¿El piso de la habitación?

No. No era cierto porque la sangre, el cuadro, el hombre muerto y todo lo demás era ficción; producto de la creatividad de algún artista y él, Ovidio Manuel González Iglesia, a sus 58 años, ya estaba muy crecido para andar creyendo en vainas. Caminó presurosamente hacia la escalera por la cual bajaría a la recepción para averiguar por los muebles y por sus pertenencias.

Cuando había recorrido un metro sintió cierto gemido a sus espaldas. ¿Un gemido? No. Tal vez fue un animal. En el tercer piso se alojaba un matrimonio y al niño de éstos le había visto un perrito pekinés en horas de la mañana. Sí, eso era; no había de que preocuparse. Continuó su camino, pero volvió a escuchar un quejido lastimero proveniente de la garganta, ¡no! Del alma de alguien que sufre. Ahora si estaba seguro. No era el ladrido de un pekinés ni el quejido de otro animal. Era el grito apagado de un ser humano al borde de la muerte. Una expresión lastimera, humana y absolutamente sincera de alguien que sufre.

 ¿Qué haría ahora? ¿Continuaría su camino y olvidaría aquel sonido de otro humano quejándose por el dolor? ¿Se quedaría allí esperando un nuevo rastro de la misteriosa voz moribunda? No debió esperar mucho para escuchar de nuevo aquel grito desesperado. La voz lastimera esta en alguna parte, cerca del sitio que él ocupaba ahora en el pasillo. Para ser más exacto, el llamado angustioso provenía ¡Bendito sea Dios! Provenía de la habitación 301 su propia habitación...

 ¿Y qué iba a hacer ahora en ese pasillo largo, solitario y libre de todo rastro humano proveniente de la habitación que él mismo ocupara y cuya llave tenía aún consigo? ¿Huirá despavorido sin saber exactamente de que huía? ¿O se devolvería para enfrentarse de una vez por todas con el misterio y también con el peligro?

 Vio su reloj. Habían transcurrido solo tres minutos desde cuando abandonó el cuarto. Tres largos minutos en los que la tierra había continuado su perenne recorrido alrededor del amo de los astros, pero él seguía ahí petrificado, como le sucedía en las noches lejanas de la infancia cuando sus hermanos mayores y el novio de su hermana se dedicaban a contar cuentos horrorosos e interminables de muertos que regresaban de la tumba; de voces que salían de ninguna parte; de gritos que se sentían en donde no había nadie; de pasos presurosos cuyos dueños nunca fueron vistos; de gritos de vaqueros conduciendo una bulliciosa manada de vacas sin que nadie pudiera ver nunca los animales ni a quienes los guiaban; de ruidos extraños en habitaciones desocupadas; de sombras extrañas....

 En fin... se sintió acobardado como en aquellas noches en las cuales, después de escuchar a los adultos y sus historias macabras durante dos o tres horas, lo único que lo tranquilizaba era meterse en medio de papá y mamá a pesar de las protestas y los regaños de sus viejos. Tan viejos en aquel entonces como lo era él en este día y a esta hora en que el horror se alojaba en cada una de sus células, sin saber si correr en dirección opuesta al peligro o enfrentarlo de una vez por todas sin importa cual fuera el precio de tal acción a la cual algunos llamaban intrepidez pero él había llamado siempre falta de prudencia.

 Sin saber cuándo ni porqué tomó de pronto una decisión. Sacando valor de alguna parte, se devolvió, llegó de nuevo ante la puerta, la abrió sin dubitaciones ni arrepentimientos tardíos para encontrarse con el espectáculo pavoroso (horror) de la miseria humana plasmada en aquel cuadro de tonalidades diversas en que el anaranjado de la tarde conversaba sin afanes con el amarillo del desierto y juntos elaboraban una sintonía de matices inigualables para hacerle una venia al rojo intenso de la sangre derramada en la humanidad exánime de aquel hombre moribundo o muerto, quien pudo haber sido un abuelo feliz de la tierra del sol; o un patriarca sabio del Oriente recóndito; o un pastor de ovejas en la llanura inmensa de la cual hablaban sus hermanos cuando no estaban sumidos en el espeluznante juego de contar historias de finados inconformes y de almas en penas; o un apóstol de los doce que acompañaron al Mesías. El que era y ahí estaba en el lienzo de un pintor desconocido.

 La habitación estaba sola y vacía, salvo por la presencia de ese cuadro de belleza seductora y misteriosa. De ese lugar no podía proceder el gemido de un ser humano; por lo menos no el gemido de un ser de carne y hueso. Paseó la vista por las cuatro paredes de la habitación y no encontró huellas que delataran a alguien que hubiera gemido. Su mirada se detuvo de repente en algo a lo que antes no le había prestado atención; la puerta entre abierta del cuarto de baño.

¿A acaso él no la había visto cerrada cuando entró a la habitación, unos minutos antes? Si, la puerta estaba cerrada, no le cabía la menor duda. Pero ahora estaba ahí, abierta a medias, como retándolo burlonamente para que continuara su minucioso registro. ¿Quién la abriría? Se preguntaba. Esa era una noche de sucesos inexplicables; cuadros insinuantes; gemidos acongojadores; soledades infinitamente desoladas; pasillos interminables; colores descollantes, recuerdos espeluznantes....

Y ahora... como si faltara algo, una puerta abierta cuando la lógica de la ciencia y la racionalidad de lo pragmático indicaban que debería estar cerrada como él la había dejado un rato antes. ¿En verdad estaba cerrada esa puerta? Eso era lo que él creía pero no podía confiar en su memoria miedosa en un momento como aquel, en que hubiera querido correr de nuevo hacia el pasado, atravesar la antesala del recuerdo; despejarse de la valentía fingida y meterse de una vez por toda en la cama de sus padres aunque éstos lo regañaban por su cobardía precoz.

 Pero ya no podía actuar así. La infancia estaba a cincuenta años de distancia y sus viejos deberían estar reunidos a esta hora con el resto de sus mayores en algún lugar del más allá de donde solo regresaban muy de vez en cuando para aparecérsele en los sueños estremecidos de sus malas noches o en las historias recurrentes de su hermano mayor Rafael, a quien las borracheras cada vez más frecuentes, le daba por contar la vida y obra de sus padres desde que el viejo Egidio llegó en barco desde más allá del mar hasta la noche en que mama Juana cerró sus ojos mientras rezaba una oración para que su nieto Iván no volviera a convulsionar.

Oyó un nuevo ruido que lo obligó a salir bruscamente de su viaje al mundo del ayer. Una ráfaga de viento había movido las cortinas de las ventanas. Volvió a mirar hacia la puerta del baño y ésta seguía a medio cerrar. ¿Quién la había abierto? Él no lo sabía, pero... si estaba abierta era porque alguien más había estado en ese lugar. En ese caso ¿Quién?

No había ninguna respuesta. En un momento de lucidez extrema o de locura irremediable él no podía distinguir bien de qué estado mental se trataba, caminó hacia el baño, empujó la puerta hasta abrirla totalmente y se dispuso a entrar. ¿A entrar? Aún estaba a tiempo de devolverse y de abandonar de una vez por todas aquel maldito lugar. ¿Irse? ¿Y quedarse por siempre con la curiosidad de saber que había adentro? No, no quería ser perseguido por la incógnita. Así que se tragó su miedo, sacó un poco de valor quién sabe de dónde y entró al baño.

Allí, en aquel lugar... vio lo que sospechaba ¡Nada! Ese sitio estaba vacío por completo. Ni siquiera su máquina de afeitar, ni su cepillo de dientes. En un rincón, cerca de la puesta pudo divisar un pequeño frasco con pintura roja y dentro de éste un pincel cuyo mango estaba manchado del mismo color. Regresó a la habitación y de ésta al pasillo; escucho por última vez el quejido lastimero proveniente de algún lugar del edificio, pero no se devolvió.

Tenía la decisión de bajar a recepción a preguntar por sus cosas. Llegó a la escalera, descendió rápidamente y, cuando por fin estuvo frente a la recepcionista, le preguntó sin demoras: -Señorita, soy huésped de la habitación 301. Al regresar no he encontrado mi equipaje ni mis objetos personales - ¿Es usted pintor?- No señorita no soy pintor- Un momento... profesión... pintor. Es lo que aquí.- Si, pero yo no soy pintor y hasta hace unas horas ocupaba esa habitación.- ¿Y usted dice que estuvo alojado aquí hasta hace unas horas?- Si señorita. Y aún tengo en mi poder la llave de mi habitación. La 301- Espere un momento, caballero. La recepcionista hizo varias llamadas.

Ovidio esperó impaciente aquellos minutos. Según el reloj de su desesperación transcurrieron como treinta años. Según el reloj de la pared no habían pasado más de cinco minutos. - Don Ovidio, mi compañera me informa de un pequeño cambio. Sus cosas han sido trasladadas a la habitación 201. La 301 se la hemos arrendado a un artista que por cada año visita la ciudad por estos días y siempre pide el mismo cuarto. Pensamos que usted no se molestaría.

En todo caso le ofrecemos nuestras disculpas y le obsequiamos este bono para que consuma lo que desee en el bar, por cuenta de la casa.- Ovidio hizo un gesto de comprensión, entregó la llave y recibió la que le ofrecían, junto con una tarjeta color azul. Caminó sin prisa hacia su nuevo cuarto, introdujo la llave en la cerradura, empujó la puerta y se encontró ante una cama limpia y ordenada; en el rincón una mesa y sobre la mesa la caja con sus libros. Todo estaba en orden. Todo menos sus ideas.

Por eso no pudo dormir bien esa noche. A la mañana siguiente empacó la ropa, sus periódicos viejos, los libros de segunda comprados a buen precio en la librería "MARKOS" y cuatro discos de Alfredo Gutiérrez, los cuales había comprado en un remante de música de antaño. Pago la cuenta en el hotel, tomó un taxi hasta el Terminal, compró el tiquete de regreso a su pueblo, pasó por el puesto de revista en donde adquirió un ejemplar del "Diario el Atlántico" y se dirigió al puesto que más le gustaba: en la mitad del bus, ventanilla de la derecha.

 Dos minutos antes de que el vehículo iniciara su marcha abrió el periódico y leyó el titular de grandes letras rojas: "El extraño caso del Hotel" la nota era extensa y en el centro de ella figuraba una foto a todo color: un cuadro en donde un hombre crucificado, con la cabeza hacia bajo, hacia esfuerzos por aferrarse a la vida.

 AUTOR: Alejandro Rutto Martínez

Se autoriza la reproducción por cualquier medio siempre y cuando se cite la página y el nombre del autor. 

viernes, 10 de enero de 2014

El libro que hace una radiografía de la Guajira


"La Guajira, Realidad mágica" es uno de los documentos que mejor dibuja la vida del departamento de La Guajira a través de las diferentes etapas de su historia. Costa de una sucesión de crónicas en las que el autor narra hábilmente varios de las más importantes facetas del acontecer en la Península, entre ellos sus bonanzas desde las perlas hasta el carbón, el sufrimiento de la etnia wayüu, el potencial turístico de la región, los rituales de vida, el exótico comercio de Maicao, la música de acordeón...en fin, son 21 historias que su autor, el periodista y escritor Pepe Palacio ha recogido de su vasto arsenal literario para entregarlo en este bello libro que va por su tercera edición. 

La tercera edición ha tenido el apoyo de la alcaldía municipal de Riohacha y por la secretaría de educación y permitirá que las nuevas generaciones de estudiantes tengan a mano una obra en la que de manera permanente podrán consultar buena parte de la historia de los últimos tres siglos de la región.  “La Guajira, realidad mágica” será un medio para que los jóvenes y los niños se conozcan un poco más a su tierra y de ésta manera aumente su amor por ella. 

En el decir de Rafael Ceballos, alcalde municipal de Riohacha, es ese el propósito de haber apoyado a Pepe Palacio para que la tercera edición de su libro se convirtiera en una realidad tangible. Además, hace parte de la intención del Gobierno municipal de impulsar el gusto por la lectura, para lo cual se ha iniciado la construcción del Plan Institucional de Lectura Escritura y Oralidad en las escuelas y colegios y se ha construido una hermosa Biblioteca en la Comuna 10,  la más popular de la ciudad.

Pero volvamos a las páginas del libro que nos ocupa y digamos que al leerlo uno encuentra buena literatura como ocurre en las líneas dedicadas a la fundación de Maicao en la crónica titulada “Maicao, exótico emporio comercial”. Además de su importancia histórica el escrito matiza la crónica con pinceladas de poesía como ocurre en éste fragmento: “Todo comenzó cuando un día de aquel año llegó (Manuel) Palacio López con su familia y se detuvo en esa zona arenosa y seca. Miró hacia el norte de la península y su vista se perdió en la inmensidad y llanura del desierto y luego la volvió a su derecha y divisó el horizonte venezolano. Aún montado en su caballo, exhaló un suspiro y, sin pensarlo dos veces, en una decisión visionaria y como queriéndole poner punto final a su trashumancia gitana descargó los animales y pro cedió a construir aquella primera choza…”

El libro adquiere un mayor tono de realismo mágico en uno de sus capítulos finales titulado  “La cantera del realismo mágico” en el que hace un estudio detallado de la relación íntima, estrecha y tangible de Gabriel García Márquez con todo el departamento de La Guajira y de manera especial con su capital Riohacha, la tierra en donde fue engendrado en la casa situada en una calle del centro. ¿Quiénes habitamos hoy en día en La Guajira? Pepe Palacio nos tiene la respuesta: “Hombres y mujeres con idénticas características a los personajes que brillan con luz propia  en las novelas y cuentos de Gabriel García Márquez, deambulan por el norte y el sur del departamento de La Guajira”


Un buen plan para hoy o para mañana o para una de estas tibias tardes aireadas por la brisa generosa y refrescante, es colgar la hamaca entre un árbol de mango y otro de níspero y dedicarse a gozar con desasosiego de las páginas placenteras de “La Guajira, realidad Mágica”. 


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lunes, 30 de diciembre de 2013

Si Cristo hubiera nacido en Riohacha





El nacimiento de Cristo

Por: César Castro Hernández
          
Siempre me ha asaltado la inquietud y la curiosidad de saber qué habría pasado si Dios en vez de enviar a su hijo Jesucristo a nacer en Belén, hubiera ordenado que el nacimiento de El Salvador se diera en Riohacha, un punto a orillas del Mar Caribe, con una temperatura media de 28 grados centígrados y poblado con gente mayoritariamente riohachera; pero, también por gentes llegadas de Santa Marta, Barranquilla, Cartagena, Montería y de las islas del caribe, particularmente de Aruba y Curazao.

Ya desde antes de nacer, Cristo, se vería enredado en un cipote escándalo. Las viejas del barrio Arriba y del Barrio Abajo que madrugan escoba en mano, dizque para barrer las puertas y no para enterarse de las últimas noticias, se hubieran dado gusto. Ambúa. Imagínate, que Maye, sí, la pelaíta esa que no quiere ni pisá el suelo, está preñá del viejo Chema. Aunque yo hablé con Chema y él dice que no tiene nada que ver con el asunto y que ese pelao no es de él.

En fin, que el viejo Chema terminaría aceptando la barriga de Maye, comprometiéndose con ella y diciendo que padre es el que cría. Así pasaría. Pero, Chema no perdonaría las habladurías de los vecinos ni de sus amigos más cercanos por lo que habría decidido no poner a ninguno de compadre y que el pelao se bautizaría ya grande. Sin embargo, aunque sin bautizar, toda Riohacha se enteraría de que Maye llamaba a su hijo como Jesús y terminó llamándolo Chucho. Chucho se aficionaría desde temprano a las labores de pesca y crecería con la espalda al sol ayudando a los pescadores, unas veces debajo el puente del ríito y otras ayudando a echar las lanchas al mar en El Guapo

Me imagino el escenario de Jesús nacido en el barrio Arriba de la capital guajira y desde entonces se le conocería como Chucho, el hijo de Chema, el de Maye, carpintero constructor de lanchas de madera para la pesca. Y su mamá sería Maye, la prima-hermana de Chave, la vendedora de tortuga frita.

Maye y Chave se visitarían mucho y se mandarían platos de comida una a la otra porque ambas estarían preñadas y se darían ánimo y consuelo en medio de los latigazos de la lengua de los habitantes del barrio. Chave, preñá y con un marido como Zacarías, ya bastante anciano  y Maye, preñá y sin marío. Ambúa.

La Biblia no informa de la ubicación ni qué hizo Cristo en el tiempo comprendido entre sus 15 y sus 30 años. Pero, si ellos no lo supieron aquí en Riohacha si se hubiera sabido rapidito. Las bolas llegarían rapidito y más rápido que un correo electrónico.

A Chucho lo vieron bien. Viviendo bien. Casado con una vieja de plata en un pueblo de Brasil y ni se acuerda de su mamá.

Otros vieron a Chucho, preso en una cárcel de los Estados Unidos, condenado a 20 años por tráfico de drogas y ni se le conoce porque está gordo y tiene una cortada en la cara. Él mandó una plata a su mamá para cuando salga, poner un negocio aquí en Riohacha.

Chucho murió en un tsunami en Venezuela y lo enterraron sin que nadie supiera quien era él.

Pero, el escándalo mayor sería cuando Chucho apareciera en esa Riohacha de principios de siglo con sus calles arenosas, sin energía eléctrica, sin alcantarillado, sin acueducto. Pero, con un gran movimiento comercial con las islas del caribe y el parque Padilla convertido en uno de los grandes puntos de encuentro de la ciudad para dialogar, para sentarse a descansar, para comentar la realidad local y nacional. Ya desde entonces, se le conocería como El Congresito.

Y en todo el frente del parque Padilla, estaría allí, majestuosa, la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios de Riohacha. El sitio de adoración de la Vieja Mello

Y allí, en esa pequeña plazoleta entre la Catedral y el parque, aparecería Jesús, después de 15 años de ausencia, diciendo que era el Hijo de Dios y que lo escucharan.

De salida, especialmente los habitantes del barrio Arriba lo reconocerían y dirían, bueno y ¿Ése no es el hijo de Chema con Maye la del barrio Arriba? Tá loco. Llamen a Chema pa`que se lleve a su loco para la casa.

Jesús insistiría en hablarle a la gente. Pero, comenzarían a tirarle papeles, zapatos viejos, pepas de mango, cáscaras de piña y de mamón.

Un abogado riohachero, tomaría la vocería y diría: Déjenlo hablar que él es riohachero y tiene todo el derecho del mundo. Pero, la bulla aumentaría el volumen.

Una señora recién salida de misa diría que a ese poco de locos que han llegado a Riohacha hay que recogerlos, montarlos en un camión y llevarlos para su pueblo. No les prestaría atención a unos muchachos que le dicen que Chucho es riohachero.

Un muchacho moreno, embolador del parque diría que dejen al man que hable, eche, si el man tuviera billete, entonces, sí, pero, como el man está llevao, por eso no lo quieren dejá hablá.

El párroco de la Catedral saldría convencido de la locura de Jesús y lo tomaría suavemente del brazo, lo sacaría de en medio de la multitud y le diría que se fuera para su casa que yo conozco a tus padres y a tus hermanos y no quiero que te pase nada malo.

Un hombre moreno abrió la puerta de su moderno vehículo y gritó yo no como de locos, como me lo encuentre por ahí, de noche y solo, le reviento la cabeza a plomo.

Los periódicos nacionales no le pararían ni cinco de bolas a un loco nuevo que apareció en Riohacha diciendo que es el Hijo de Dios y los medios de comunicación locales se comprometerían en una campaña para ayudar económicamente a la familia de Chucho para que éste pueda ser llevado a una clínica de recuperación en Bucaramanga.
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martes, 24 de diciembre de 2013

Lucas fuentes, el arte de la potencia en el fútbol

Por: Alejandro Rutto Martínez

Tomado de Articulo.org

El fútbol es un arte complejo y por complejo hermoso. En él se combina el ilusionismo de los malabaristas brasileros; la potencia de los delanteros europeos;  los impresionantes reflejos de los arqueros africanos; la capacidad de lucha y la perseverancia de los equipos europeos; el funcionamiento de alta precisión de algunas selecciones holandesas; la cohesión  y logros de la España de Vicente del Bosque; la fuerza bruta de los alemanes y la inagotable disposición de la mayoría de las hinchadas para sufrir lo indecible.

Lucas Fuentes, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, combinó varias de las cualidades de los grandes y por eso sobresalió en un lugar y en una época en la que su arte llenó de fantasías el lienzo de la historia del más bello de los deportes.

Nació en Uribia, una tierra de la que algún desprevenido comentarista pudiera decir que no tiene tradición futbolera. Se necesita, ciertamente ser desprevenido y mal informado, para ignorar que en las canchas de tierra, barro y piedras de la capital de la Alta Guajira se ha jugado buen fútbol, como el que practicaba Lucas Fuentes, un futbolista virtuoso cuya principal característica era el inacabable romance con el gol y fuerza que le imprimía a la pelota cuando sus pies la enviaban en dirección a la red.

El fútbol es drama, dolor,  fuerza, grito, pasión y…gol. Pero, por sobre todas las cosas el rey del fútbol es el gol y por ello los goleadores están condenados a no ser olvidados jamás.

Lucas tomaba la pelota, levantaba la cabeza, miraba hacia un lado, hacia el otro, se la prestaba a un compañero y corría para recibirla de nuevo, miraba de nuevo el panorama, corría, recibía…pero hiciera lo que hiciera su memoria futbolística estaba obsesionada con la red contraria y de allí que los porteros de la época tengan recuerdos poco gratos de las veces en que debieron encontrarse.

Uribia fue su ciudad natal pero sus travesuras futbolísticas tuvieron sus mejores expresiones en las canchas de Maicao y Riohacha en donde hizo parte de elencos inolvidables de un tiempo en que la retina de los aficionados era inundada de buen fútbol y del polvo que manaba de todas partes en los legendarios veranos de La Guajira.

Sus pases, sus jugadas y sus goles lo convirtieron en un jugador atractivo para los clubes profesionales y el Unión Magdalena, en 1.970,  se le adelantó a otros y logró incorporarlo a sus filas.  En el año 70 se jugó el mejor mundial que se recuerde y el Unión tenía la gran motivación de  haber ganado, dos años antes y de  manera sobresaliente su único título en el rentado colombiano.  Allí, siendo un jovencito a prueba, compartió con la escuela paraguaya y brasilera, base del equipo junto a figuras locales como el maestro Alfredo Arango.  El constante llamado de su tierra natal y la lejanía de sus seres queridos hizo que Lucas se regresara pronto a casa sin tener la oportunidad todos los goles que guardaba en sus diestras piernas.

Con el tiempo el fútbol fue cediendo lugar a la familia y al trabajo. Lucas se radicó en Maicao en donde se dedicó a ser un hombre de bien, trabajador incansable, promotor de los buenos principios, pero sobre todo un consumado amante del fútbol, deporte al que continuó ligado como fiel aficionado en las tribunas de los estadios de Maicao y Riohacha o en un lugar privilegiado de la sala de su casa al lado de su mejor compañera de fórmula, Adalgisa Carrillo y de su hijo Jairo Elías. Hoy ya no está Lucas con nosotros, pero vive su recuerdo, por que el fútbol es gol y los goleadores están condenados a que no se les olvide nunca.